educación

Y esto, ¿para qué sirve?

Todos habéis vivido la situación:

El profesor, de la materia que fuera, al que llamaremos Javier, acaba la explicación sobre una cuestión cualquiera. Queda satisfecho.

-¿Alguna pregunta?

Los alumnos, que es la primera vez que se enfrentan a esta cuestión, parecen haber comprendido lo que ha salido de la boca de Javier y sospechan que lo que hay en la pizarra tiene sentido. Además, si el profe se lo está contando, será verdad.
Se mantiene un silencio de unos pocos segundos en los que Javier espera que haya alguna pregunta y, entonces, para su alivio, alguien levanta la mano. Todos sabemos que, si no hay preguntas, es probable que nadie haya entendido nada, incluyendo lo que no han entendido. El profesor le da la palabra a la chica con aire desganao de la penúltima fila.

– A ver profe, si yo esto lo he cogido y eso, pero… Lo que no sé es para qué sirve.

De repente, todos los ojos se clavan en Javier y se hace el silencio.

Lo que sucede a partir de aquí suele depender de muchos factores, pero, evidentemente, el verdadero factor crítico a la hora de que la respuesta sea satisfactoria es, sencillamente, el profesor.
Por su puesto, si Javier fuera profesor de matemáticas o de física lo tendrá más o menos fácil. Probablemente lo que acabe de explicar tenga aplicaciones directas en problemas a los que los alumnos deban enfrentarse más adelante en el curso, o en otros cursos.

– “Bueno Claudia, esto vale para resolver problemas de optimización” o “para resolver problemas de lanzamiento de proyectiles” o para resolver problemas de lo que sea.

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Esto está bien, porque Mates o Física son asignaturas cuya razón de ser es resolver problemas. ¿No?
Desde luego, así es para más de la mitad de los alumnos, pero de esto hablaré al final.
En este caso, Javier podría hacer una salvada con una respuesta de este estilo. Eso sí, con una condición.
La condición es que Claudia, o alguno de sus compañeros, no se haya levantado esa mañana con la vena antisistema y reponga algo como:

– Vale, si eso de resolver problemas está muy bien, pero eso… ¿para qué sirve?

Y es aquí cuando Javier, en caso de que fuera profe de física, química o matemáticas, pierde su ventaja táctica frente a profes de humanidades en la misma situación. Y a Javier se le empieza a enfriar el sudor.

Claudia sabe de sobra que a más de la mitad de las cosas que aprende o ha aprendido no les va a dar una aplicación práctica que vaya a revertir en mejorar su calidad de vida o en ganar más dinero.
Quizá haya alguna asignatura que a ella le interesa más y que está muy relacionada con eso de lo que ella quiere trabajar. En esa asignatura presta mucha atención, se le da bien, le gusta y le encuentra un sentido claro para estudiarla con ganas. Si aprende mucho de esa asignatura, tendrá más papeletas para trabajar de ello. Si acaba trabajando de ello, podrá trabajar mejor, y si trabaja mejor, ganará más. Y, en principio, si ganas más, vives mejor. Fácil.

Pero ¿qué pasa con todas las demás asignaturas? ¿Para qué todo ese conocimiento?
Si Javier se repone del varapalo de la segunda pregunta, todavía tiene la vieja confiable:

– Te vale para aprobar y evitar la bronca que te espera en casa si suspendes.

O, también nos vale la de:

– Te vale porque, si estudias esto (que no te interesa), sacarás mejores notas, con mejores notas sacarás mejor selectividad, tendrás más posibilidades de estudiar lo que quieres y, por lo tanto, de trabajar de lo que te gusta.

Esta última se parece mucho a la razón por la que Claudia estudia lo que le gusta, pero le convence menos.

Estas respuestas, que todos hemos oído siendo estudiantes, si bien no dejan de ser ciertas, tampoco dejan de ser decepcionantes. ¿De verdad no nos queda nada más que aceptar que hay que estudiar porque estamos obligados a ello, aunque no nos interese lo más mínimo?
He dicho que esto es decepcionante y, como toda decepción, lo es porque acaba con una expectativa positiva que teníamos. Probablemente Claudia, en algún momento, pensó que el cole molaba, que aprender con tus amigos molaba, que a veces te lo pasabas bien y todo, y había conocimiento sorprendente y nuevo cada día.
Ese momento suele acabarse antes que Primaria.
Claudia tendría expectativas acerca de que el conocimiento nuevo la ayudaría a entender mejor el mundo que la rodea y a desenvolverse mejor en él. Pero resulta que, a estas alturas, ya sabe suficiente del mundo en el que se desenvuelve como para saber, o, como poco, para pensar que, mucho de lo que le enseñan, no le aporta nada para su vida cotidiana.

Claudia está desencantada por la idea de que hay una cantidad enorme de conocimiento inútil que está obligada a aprender. Y no podemos negarle el hecho de que está bastante obligada, al menos por las circunstancias laborales. Pero no tenemos por qué aceptar que haya conocimiento inútil. De hecho, no debemos.

Decía Thomas Hobbes [1] que “El conocimiento es poder”. Pero esta cita, que es la caña, no convence a Claudia, que no se siente más poderosa por mucho que siga memorizando cosas que ni le van ni le vienen. Así que vamos a tunear un poco a Hobbes.

tresalumnos

Hay que partir de una base con la que hay que estar de acuerdo, a poco que pienses un poco sobre ello: sólo podemos decidir acerca de una cuestión cuando lo que sabemos sobre esa cuestión es verdad. Toda decisión que tomemos basada en información errónea, prejuicios o falsedades del tipo que sean, harán que el tema sobre el que estábamos decidiendo no fuera como pensábamos y, por tanto, no fuera una decisión real. Dicho de otra manera, en cada decisión de cada día, recurrimos al conocimiento que tenemos acerca de cómo entendemos que es el mundo, y este conocimiento del mundo, en el ámbito que sea, muchas veces no será suficiente a la hora de tomar decisiones, y tendremos que tomarlas, en parte, a ciegas. Sin embargo, cuanto más conocimiento tengamos a nuestra disposición, mejores decisiones podremos tomar, en cualquier situación.

El conocimiento es poder, como mínimo, de decisión. Y eso es, exactamente, en lo que consiste la Libertad.

Así que la cuestión no es si el conocimiento es útil, que siempre lo es, sino, si seremos capaces de conectar el conocimiento que adquirimos con las situaciones reales en las que ese conocimiento nos sea de utilidad.  Y las habrá, aunque, cuando aprendemos, no siempre las podamos prever.
Por lo tanto, la respuesta a “¿Para qué nos vale este conocimiento?”, o, al menos la que damos, no es para aprobar, para trabajar, para ganar dinero, ni siquiera para hacernos felices, porque el conocimiento tampoco da la felicidad como algunos defienden por ahí. Algo de lo que aprendemos en el colegio nos puede valer para estas cosas, pero no todo ese aprendizaje nos valdrá para todas ellas ni de lejos. El papel fundamental del conocimiento en nuestra vida, cualquier conocimiento, de cualquier asignatura, es otro.

Es difícil hablar de para qué vale el conocimiento en general, como si todas las asignaturas o todas las ramas del saber sirvieran para lo mismo. Ya seremos más específicos con las asignaturas en otras entradas de este blog, pero de momento, generalicemos un poco, que no está mal.

Para lo que sirve el conocimiento, cualquier conocimiento, es para mejorar nuestra toma de decisiones y, por lo tanto, para hacernos más libres.
En otras palabras: Quien mejor decide es quien más conoce. Si esa persona quieres ser tú, es decisión tuya.

Decide bien.

Carlos Marqués. Graduado en Filosofía (UCM) con Máster en formación del Profesorado de Secundaria y Bachillerato.

[1] Aunque la frase se atribuye habitualmente a Francis Bacon, no aparece en ninguna de sus obras y sí puede ser encontrada en escritos de Thomas Hobbes, un filósofo posterior. En el Leviatán, primera parte (De Homine), cap. x, Hobbes afirma: “Scientia potentia est, sed parva;…».
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